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La vigilia perpetua
Víctor Ruiz


La vigilia perpetua



Un título como La vigilia perpetua sugiere una especie de rito de iniciación. Algo así como la vela de las armas con que los antiguos caballeros andantes se preparaban para dar inicio a una vida de aventuras. No menos riesgosa y solitaria que esa empresa es la que inicia Víctor en su incursión a lo que Carlos Martínez Rivas llamó el “mal negocio” de la poesía.

Desvelado y solitario ante sus armas, presto a defenderlas con su vida, Víctor arremete contra el facilismo y el lugar común, tan abundantes y dañinos en muchos de nuestros perezosos y des-in-formados poetas jóvenes, sabios en poses pero ignorantes de los secretos de la retórica y de las técnicas más elementales de versificación. No escriben versos libres, sino prosa disfrazada de verso. Nada de eso con Víctor. Él es una de las raras excepciones de nuestra joven fauna lírica porque tiene clara conciencia de su destino de poeta.

De ahí la rigurosa elección de sus modelos, entre los que menciona o cita a Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Salvador Elizondo, Xavier Villaurrutia, Francisco de Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, Vicente Aleixandre, Ernesto Mejía Sánchez, Carlos Martínez Rivas, Gottfriend Benn, Cesare Pavese, Dylan Thomas y otros de difícil lectura y exigida dedicación.

Poeta Víctor Ruiz. Fotografía de solapa de La vigilia perpetuaDe ahí también su búsqueda permanente de precisión léxica y conceptual, que imprimirá tanta fuerza a sus metáforas, como aquella que nos muestra la carne de la amada “crepitando al roce de mis manos”, o la que define el sexo de la misma como “el umbral de tu cuerpo” o el “húmedo secreto de luz en el que nace la vida”.

Porque es la voluntad de estilo (“Yo persigo una forma…”, dijo Darío) lo que da unidad a este conjunto de variada temática, organizado en cuatro secciones que revelan las diversas obsesiones e inquietudes del poeta.

La primera, titulada Bocetos sobre tu cuerpo, precedida por un epígrafe de Octavio Paz, está compuesta de siete poemas eróticos breves que describen y celebran los atributos de la amada y el placer sexual de los encuentros amorosos. Sus títulos (“Mujer en movimiento”, “Detalle de mujer y vientre”, “Retrato de niño dormido”) y la riqueza pictórica de las imágenes empleadas, delatan el ojo de pintor de Víctor.

Otro es el tono y la textura de los tres poemas extensos que integran la sección titulada Postales urbanas, también con epígrafe de Octavio Paz. En ellos se pinta el paisaje urbano de Managua con sus luces más sombrías. Ahora el tono es de ira, desencanto y asco, y el tema la sordidez de la noche urbana en la fantasmagórica ciudad.

El tema de la sección tercera, Del oficio insomne, con epígrafe de Gottfriend Benn, es la poesía misma, o más bien la experiencia del duro oficio de la escritura. En siete poemas, dedicados todos a otros poetas, tres de ellos amigos suyos, Víctor expresa la angustia del creador frente a la página en blanco y su permanente frustración ante la palabra que huye.

No por última e intencionalmente imitativa menos importante, es la última sección, titulada Escrituras del insomnio (cuaderno de ejercicios), dedicada al poeta Iván Uriarte, probable mentor de estos ejercicios de versificación sometida al rigor de la medida exacta y de la rima consonante. Catorce poemas de variada temática en la que predominan los sonetos endecasílabos. Con impecable pericia, Víctor versifica a la manera de los virtuosos maestros del Barroco, de quienes tomará prestados recursos de difícil manejo, como el hipérbaton y la metáfora.

Tales son algunas de las armas de Víctor Ruiz en esta su primera salida al mundo. He aquí un excelente poemario, libre de poses y frivolidades. Son los primeros frutos de un joven poeta que se ha enfundado, para sentirla, la camisa férrea de mil puntas cruentas que todo verdadero poeta debe padecer.

Roberto Aguilar Leal
UNAN-Managua, julio de 2008.

 

 

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